Eufonía o la utopía musical llamada Álamos
Si bien Álamos, la ciudad de los portales y pueblo mágico, es un lugar bellísimo, es en los nueve días que dura el Festival Alfonso Ortiz Tirado donde adquiere otra dimensión, donde su cotidianidad va mutando hasta convertirse en un espacio -y un tiempo- que bien podría definirse como utópico.
El FAOT convierte a Álamos en una utopía. En el transcurso de estos días, recorrer sus calles convierte a cualquier persona en un melómano, en un fetichista de cualquier sonido, en un músico y en un seguidor férreo del culto a Guido de Arezzo (padre de la teoría musical): caminar por La Alameda, automáticamente te lleva a tararear esas canciones tradicionales mexicanas que llevamos inscritas en nuestros genes (de José Alfredo Jiménez a Juan Gabriel), cruzar a la Plaza de Armas puede llevarnos a corear canciones pop y del mainstream musical, caminar al lado del Palacio Municipal, escenario de las noches de gala, puede que te invada la mente La cabalgata de las Valkirias de Wagner.
Álamos es una utopía en estos días. Y es imposible no pensar en aquella novela extrañísima llamada Eufonía o la ciudad musical del compositor y escritor francés Héctor Berlioz. Inscrito al romanticismo musical -y esos excesos surgidos del romanticismo y del Sturm und Drang- pero también a los socialismos utópicos emanados del pensamiento de Tomás Moro, Robert Owen o Fourier, Berlioz construye una utopía musical en el año 2344 ubicada en una ciudad alemana en la cuenca del río Havel. La particularidad de la utopía berliozana es que todos son músicos, trabajadores de la música o amantes irredentos de la música; finalmente, para el compositor francés, la música es una especie de préstamo divino a la humanidad.
Pese a que el libro luego toma un matiz irónico, la idea de una sociedad construida y articulada alrededor de la música puede encontrar un paralelismo o su ejecución más cercana a la realidad en Álamos. Si los distritos de esa pequeña ciudad imaginada por Berlioz -con trenes que vuelan y notas musicales como lenguaje universal, un esperanto más universal- están divididos por instrumentos, en el FAOT pasa algo similar: la música es el lenguaje que vertebra el paso del tiempo, el espacio y las relaciones sociales.
De los cantos n’dee en el Pabellón Étnico a ese ejercicio de post-memoria musical de la soprano Elena Rivera y el pianista Jaime Robaina en torno a la figura mítica de Emiliana de Zubeldía en el Templo de la Purísima Concepción; de la fusión rockera de Jay de la Cueva al hip hop de Danger AK, de la performance wagneriana de Othalie Graham acompañada de la Banda Sinfónica del Estado de Sonora al country y música regional de Gaspar Madrigal y Mark Mulligan. Todo cabe, todo convive y todo fluye en esta utopía musical llamada Álamos.