Breviario cultural de Álamos I
Sumergirse en ese lugar es perderse en una colección de libros con los que quizás sea tu primer encuentro. También hay breves (o gigantes) puntos de anclaje a los que aferrarse: autores como John Kenneth Turner con su México bárbaro, D. H. Lawrence y su Serpiente emplumada, Katherine Ann Porter y su Judas en flor, todos conectados bajo la visión de un México místico y alado, sobre el cual podríamos debatir si se trataba de una exotización de nuestra tierra. También encontramos cuentos de Bruno Traven, novelas clásicas de la literatura estadounidense (como La hoguera de las vanidades de Tom Wolfe) y ensayos académicos sobre temas muy específicos.
Bajo ese techo de arquitectura colonial, remodelado posteriormente al estilo porfirista, podemos sentirnos atrapados en una suerte de trampa memórica, inmersos en el influjo hipnótico que Felipe Montero describe en El Aura de Carlos Fuentes.
Entre la montaña de libros y revistas —que van desde el New Yorker hasta ejemplares de New Artisan, la revista heredera del movimiento verde de Lewis Mumford—, algo te llama la atención como un flechazo visual que obliga a ajustar los lentes y acercarte: un cuaderno de piel, con inscripciones doradas que reza “Breviario alamense, 1991-2024”.
Al hojearlo, descubres que está lleno de anotaciones a mano, todas en tinta negra. A medida que avanzas en la cronología del cuaderno, notas que el color de la tinta va intensificándose. La primera teoría que te viene a la mente es que alguien ha venido aquí, año tras año, a escribir sus reflexiones. Siguiendo esa línea de pensamiento, te preguntas si cada anotación está fechada dentro de un mismo periodo: y efectivamente, cada capítulo tiene fechas de finales de enero y principios de febrero.
Piensas y piensas, hasta que decides aplicar el principio de la Navaja de Ockham (que establece que entre varias explicaciones posibles, la más sencilla es la más probable). Lees, y te encuentras con crónicas, textos, anécdotas, apuntes históricos, ensayos eruditos, comentarios al margen de las páginas, bibliografía extensa —algunos citados bajo el método APA, otros apenas con forma definida—. Comienzas a revisar los textos y te das cuenta de las variaciones prosísticas de un año a otro. En algunos, la prosa es poética y se emplean diversos recursos lingüísticos (sinécdoques, hipérbaton, metáforas y alegorías); en otros, parece un diccionario o una categorización enciclopédica; en algunos más, se percibe lo que Ruy Sánchez describiría como prosa de intensidades, parrafadas que parecen fusionar la volatilidad del romanticismo tardío con el flujo de conciencia de los modernistas encabezados por el casi ilegible Joyce. También hay espacio para retratos costumbristas que celebran la riqueza lingüística de los alamenses y sonorenses, e incluso unos pocos capítulos escritos en un inglés algo rudimentario.
Han pasado ya unas cuatro horas. La dependienta de la librería, quizás sin darse cuenta, ha clavado su mirada en tu espalda, advirtiendo que el tiempo parece haberse detenido para ti. Piensas de nuevo en la Navaja de Ockham. La explicación más simple. Y comienzas a teorizar: se trata de una especie de culto periodístico, coral, multicultural y plural que cada año tiene la fortuna de cubrir las actividades del FAOT. El factor clave que los lleva a crear este libro parece ser algo inefable, una experiencia que trasciende las limitaciones de la realidad. Álamos parece haber desvelado algo para ellos, como si hubiera corrido la cortina de la existencia misma, y este libro inacabado, en constante escritura, se convierte en una suerte de anotación de sueños.
Sabes que ya no puedes quedarte más tiempo en la librería, sobre todo después de haberte quedado inmóvil, leyendo ese cuaderno sin portada comercial, sin haber comprado ni siquiera un café o un simple souvenir.
Anotaciones referenciadas:
Álamos y sus desdobles (Álamos, Sonora; 23 de enero de 1991):
Finalmente, no deberíamos olvidar que Álamos es una ciudad con muchos heterónimos: Pueblo Mágico, Ciudad de los Portales, Capital del Estado de Occidente, Ostimuri, Real de la Limpia Concepción de Los Álamos, Real de los Frailes, pero también, tal vez de manera menos conocida o más local, Ciudad de los fantasmas. Este apodo no debería sorprender a nadie, especialmente si te has hospedado en la Habitación 11 del Hotel Los Tesoros, o en las habitaciones inferiores de la Posada Don Andrés. De más está hablar de Beatriz, en Las Delicias. Los fantasmas en Álamos son como tú o como yo, seres que siguen anclados en el flujo del tiempo-espacio, desarrollando su día a día como si la muerte solo les hubiera lanzado una advertencia pendenciera. Casi siempre podemos escucharles, contándose entre ellos su día, y, en ocasiones, podemos incluso verlos. No es un misterio, y los locales parecen no darle mayor importancia.
Ateh (Álamos, Sonora; 18 de enero de 2001):
Mucho se ha escrito con mayor talento que el mío sobre la gran diva mexicana María Félix. No creo que esta anécdota que estoy a punto de contar tenga más peso que el de un grano de arena en las biografías de la Doña. Sin embargo, cierta noche, en una cena que reunió a artistas, intelectuales y académicos en un restaurante de Álamos, uno de los asistentes relató que su abuela le había contado que, en sus tiempos, corría el rumor de que María Félix era la reencarnación de Ateh. Ateh era una diosa del extrañísimo pueblo jázaro antes de que se convirtieran al cristianismo, judaísmo o islamismo, y luego fueran absorbidos por alguna —o todas— las culturas que los invadieron. La abuela de este hombre, según cuenta, supo de esta leyenda (?) en un viaje a los altos de Jalisco, donde María Félix rodaba una película. Allí, el crew susurraba sobre Ateh, supuestamente basado en otra fuente. Se decía que la diosa Ateh tenía la capacidad de mover su rostro a su antojo y de cambiar su fisonomía a placer.
Ciudad de los portales (Álamos, Sonora; 1 de febrero de 2004):
Contrario a la creencia popular de que el mote “Ciudad de los portales” surgió de una dinámica turística, en realidad le corresponde a la poetisa Margarita Almada y a un poema que es imposible rastrear. Según las fuentes primarias, este poema pertenece a un libro no publicado vinculado con el movimiento parnasiano.
Ciudad de los Portales 2.0 (Álamos, Sonora; 22 de enero de 2012):
Al entrar en la sierra que rodea Álamos, parece que nos adentramos en un mundo de sueños. Cuantos más días paso aquí, más se me olvida de dónde vengo, y hay una condición que, cuando logro dimensionarla, me asusta: todos los rostros que veo, personas que van y vienen, caminando de espectáculo en espectáculo, me parecen familiares, como miembros de mi familia, amigos de toda la vida, primos con los que pasé la infancia. Ya no sé distinguir si estoy soñando o despierto. Creo que Álamos es ese lugar donde nuestros sueños invaden los de los demás, y los sueños de enfrente invaden los nuestros, y así, lo que deberían ser experiencias individuales de nuestro inconsciente, se convierten en experiencias colectivas. Es curioso que los portales tengan tanto peso en la construcción de la ciudad. No hay calle ni cuadra sin algún portal, como si ellos, de forma invisible, viajaran con el material de nuestros sueños.
Imprenta Hernández (Álamos, Sonora; 17 de enero de 1995):
Este negocio familiar ha pasado por tres generaciones desde finales del siglo XIX. Cualquier visitante puede encontrarla cerca del centro de Álamos. No olvidemos que esta ciudad recibió la primera imprenta en Sonora en 1828, y ese mismo año comenzó a publicarse La Aurora en Occidente, el primer periódico del Estado. A mediados del siglo XIX, aunque con detalles inciertos, se imprimió en esta ciudad La aritmética de Gorir, una traducción del profesor alamense Gregorio Almada. Este puede ser el primer libro impreso en Sonora.